Apenas se cuentan con los dedos de una mano los hoteles que en el mundo aprovechan por entero las ruinas de un pueblo abandonado. Las antiguas viviendas labriegas, las eras, los pajares, la iglesia, el pilón... Aldearoqueta, en el Maestrazgo castellonense, es uno de ellos. Su refundador no tuvo que ser un previsible consultor turístico, ni un diplomado MBA de ninguna universidad, sino aquel
hippie campechano que se lo imaginó lleno de buenos amigos, fragante a campo, lejano al ruido mundano y terapéutico para todo aquel que necesitara del aislamiento más absoluto. Si a alguien hay que pedirle opinión en España sobre el turismo rural es a Nacho Errando Mariscal, uno de los nueve hermanos Mariscal que hacen fotos, tocan
jazz y diseñan cosas, como el pajarito zancudo que constituye el logotipo del proyecto hotelero, obra del hermano más famoso, Javier Mariscal.

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